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DISCURSO  DE SU SANTIDAD BENEDICTO XVI
A LOS PARTICIPANTES EN LA 35ª CONGREGACIÓN GENERAL
DE LA COMPAÑÍA DE JESÚS

Jueves 21 de febrero de 2008

Queridos padres de la Congregación general de la Compañía de Jesús: 

Me alegra recibiros hoy, mientras vuestros importantes trabajos están entrando en su fase conclusiva. Doy las gracias al nuevo prepósito general, el padre Adolfo Nicolás, por haberse hecho intérprete de vuestros sentimientos y de vuestro compromiso de responder a las expectativas que la Iglesia tiene en vosotros. De ellas os hablé en el mensaje que dirigí al reverendo padre Kolvenbach y, por medio de él, a toda vuestra Congregación, al inicio de vuestros trabajos. Doy una más vez más las gracias al padre Peter-Hans Kolvenbach por el valioso servicio de gobierno que ha prestado a vuestra Orden durante casi un  cuarto de siglo. Saludo también a los miembros del nuevo consejo general y a los asistentes que ayudarán al prepósito en su delicadísima tarea de guía religioso y apostólico de toda vuestra Compañía.

Vuestra Congregación tiene lugar en un período de profundos cambios sociales, económicos y políticos; de urgentes problemas éticos, culturales y medioambientales, y de conflictos de todo tipo; pero también de comunicaciones más intensas entre los pueblos, de nuevas posibilidades de conocimiento y diálogo, de hondas aspiraciones a la paz. Se trata de situaciones que constituyen un reto importante para la Iglesia católica y para su capacidad de anunciar a nuestros contemporáneos la Palabra de esperanza y de salvación.

Por eso, deseo vivamente que toda la Compañía de Jesús, gracias a los logros de vuestra Congregación, viva con impulso y fervor renovados la misión para la que el Espíritu la suscitó en la Iglesia y la ha conservado durante más de cuatro siglos y medio con extraordinaria fecundidad de frutos apostólicos. Hoy deseo animaros a vosotros y a vuestros hermanos a proseguir por el camino de esa misión, con plena fidelidad a vuestro carisma originario, en el contexto eclesial y social característico de este inicio de milenio.

Como os han dicho en varias ocasiones mis antecesores, la Iglesia os necesita, cuenta con vosotros y sigue confiando en vosotros, de modo especial para llegar a los lugares físicos y espirituales a  los que otros no llegan o les resulta difícil hacerlo. Han quedado grabadas en vuestro corazón las palabras de Pablo VI:  «Dondequiera que en la Iglesia, incluso en los campos más difíciles y de primera línea, en las encrucijadas ideológicas, en las trincheras sociales, ha habido o hay conflicto entre las exigencias urgentes del hombre y el mensaje cristiano, allí han estado y están los jesuitas» (Discurso a la XXXII Congregación general, 3 de diciembre de 1974, II:  L’Osservatore Romano, edición en lengua española, 8 diciembre de 1974, p. 9).

Como reza la Fórmula de vuestro instituto, la Compañía de Jesús está constituida ante todo «para la defensa y la propagación de la fe». En una época en la que se abrían nuevos horizontes geográficos, los primeros compañeros de san Ignacio se pusieron a disposición del Papa precisamente para que «los emplease en lo que juzgase ser de mayor gloria de Dios y utilidad de las almas» (Autobiografía, n. 85). Así fueron enviados a anunciar al Señor a pueblos y culturas que no lo conocían aún. Y lo hicieron  con una valentía y un celo que siguen sirviendo de ejemplo e inspiración hasta nuestros días:  el nombre de san Francisco Javier es el más famoso de  todos, pero ¡cuántos otros se podrían citar!

Hoy los nuevos pueblos que no conocen al Señor —o que lo conocen mal, hasta el punto de que no saben reconocerlo como el Salvador—, más que geográficamente, están alejados desde un punto de vista cultural. No son los mares o las grandes distancias los obstáculos que afrontan hoy los heraldos del Evangelio, sino las fronteras que, debido a una visión errónea o superficial de Dios y del hombre, se interponen entre la fe y el saber humano, entre la fe y la ciencia moderna, entre la fe y el compromiso por la justicia.

Por eso, la Iglesia necesita con urgencia personas de fe sólida y profunda, de cultura seria y de auténtica sensibilidad humana y social; necesita religiosos y sacerdotes que dediquen su vida precisamente a permanecer en esas fronteras para testimoniar y ayudar a comprender que en ellas existe, en cambio, una armonía profunda entre fe y razón, entre espíritu evangélico, sed de justicia y trabajo por la paz. Sólo así será posible dar a conocer el verdadero rostro del Señor a tantos hombres para los que hoy permanece oculto o irreconocible. Por tanto, a ello debe dedicarse preferentemente la Compañía de Jesús. Fiel a su mejor tradición, debe seguir formando con gran esmero a sus miembros en la ciencia y en la virtud, sin contentarse con la mediocridad, pues la tarea de la confrontación y el diálogo con los contextos sociales y culturales muy diversos y las diferentes mentalidades del mundo actual es una de las más difíciles y arduas. Y esta búsqueda de la calidad y de la solidez humana, espiritual y cultural, debe caracterizar también a toda la múltiple actividad formativa y educativa de los jesuitas en favor de los más diversos tipos de personas, dondequiera que se encuentren.

A lo largo de su historia, la Compañía de Jesús ha vivido experiencias extraordinarias de anuncio y de encuentro entre el Evangelio y las culturas del mundo:  basta pensar en Matteo Ricci en China, en Roberto De Nobili en la India o en las “Reducciones” de América Latina. Y de ellas estáis justamente orgullosos. Hoy siento el deber de exhortaros a seguir de nuevo las huellas de vuestros antecesores con la misma valentía e inteligencia, pero también con la misma profunda motivación de fe y pasión por servir al Señor y a su Iglesia.

Sin embargo, mientras tratáis de reconocer los signos de la presencia y de la obra de Dios en todos los lugares del mundo, incluso más allá de los confines de la Iglesia visible; mientras os esforzáis por construir puentes de comprensión y de diálogo con quienes no pertenecen a la Iglesia o encuentran dificultades para aceptar sus posiciones y mensajes, debéis al mismo tiempo haceros lealmente cargo del deber fundamental de la Iglesia de mantenerse fiel a su mandato de adherirse totalmente a la palabra de Dios, así como de la tarea del Magisterio de conservar la verdad y la unidad de la doctrina católica en su integridad. Ello no sólo vale para el compromiso personal de cada jesuita, pues, dado que trabajáis como miembros de un cuerpo apostólico, debéis también velar para que vuestras obras e instituciones conserven siempre una identidad clara y explícita, para que el fin de vuestra actividad apostólica no resulte ambiguo u oscuro, y para que muchas otras personas puedan compartir vuestros ideales y unirse a vosotros con eficiencia y entusiasmo, colaborando en vuestro compromiso al servicio de Dios y del hombre.

Como bien sabéis por haber realizado muchas veces, bajo la guía de san Ignacio en sus Ejercicios espirituales, la meditación «de las dos banderas», nuestro mundo es teatro de una batalla entre el bien y el mal, y en él actúan poderosas fuerzas negativas que causan las dramáticas situaciones de esclavitud espiritual y material de nuestros contemporáneos contra las que habéis declarado varias veces que queréis luchar, comprometiéndoos al servicio de la fe y de la promoción de la justicia. Esas fuerzas se manifiestan hoy de muchas maneras, pero con especial evidencia mediante tendencias culturales que a menudo resultan dominantes, como el subjetivismo, el relativismo, el hedonismo y el materialismo práctico.

Por eso he solicitado vuestro compromiso renovado de promover y defender la doctrina católica «en particular sobre puntos neurálgicos hoy fuertemente atacados por la cultura secular», algunos de los cuales los ejemplifiqué en mi Carta. Es preciso profundizar e iluminar los temas —hoy continuamente debatidos y puestos en tela de juicio— de la salvación de todos los hombres en Cristo, de la moral sexual, del matrimonio y de la familia, en el contexto de la realidad contemporánea, pero conservando la sintonía con el Magisterio necesaria para que no se provoque confusión y desconcierto en el pueblo de Dios.

Sé y comprendo bien que se trata de un punto particularmente sensible y arduo para vosotros y para varios de vuestros hermanos, sobre todo para los que se dedican a la investigación teológica, al diálogo interreligioso y al diálogo con las culturas contemporáneas. Precisamente por ello os invité y también hoy os invito a reflexionar para recuperar el sentido más pleno de vuestro característico “cuarto voto” de obediencia al Sucesor de Pedro, que no implica sólo disposición a ser enviados a misiones en tierras lejanas, sino también —según el más genuino espíritu ignaciano de “sentir con la Iglesia y en la Iglesia”— a “amar y servir” al Vicario de Cristo en la tierra con la devoción “efectiva y afectiva” que debe convertiros en valiosos e insustituibles colaboradores suyos en su servicio a la Iglesia universal.

Al mismo tiempo, os animo a proseguir y renovar vuestra misión entre los pobres y con los pobres. No faltan, por desgracia, nuevas causas de pobreza y de marginación en un mundo marcado por graves desequilibrios económicos y medioambientales; por procesos de globalización regidos por el egoísmo más que por la solidaridad; por conflictos armados devastadores y absurdos. Como reafirmé a los obispos latinoamericanos reunidos en el santuario de Aparecida, «la opción preferencial por los pobres está implícita en la fe cristológica en aquel Dios que se ha hecho pobre por nosotros, para enriquecernos con su pobreza (cf. 2 Co 8, 9)».

Por eso, resulta natural que quien quiera ser de verdad compañero de Jesús comparta realmente su amor a los pobres. Nuestra opción por los pobres no es ideológica, sino que nace del Evangelio. Son innumerables y dramáticas las situaciones de injusticia y pobreza en el mundo actual, y si es necesario esforzarse por comprender y combatir sus causas estructurales, también es preciso bajar al corazón mismo del hombre para luchar en él contra las raíces profundas del mal, contra el pecado que lo separa de Dios, sin dejar de responder a las necesidades más apremiantes con el espíritu de la caridad de Cristo.

Retomando y desarrollando una de las últimas intuiciones clarividentes del padre Arrupe, vuestra Compañía sigue trabajando meritoriamente al servicio de los refugiados, que a menudo son los más pobres de los pobres y que no sólo necesitan ayuda material, sino también la cercanía espiritual, humana y psicológica más profunda, que es más propia de vuestro servicio.

Os invito, por último, a prestar especial atención al ministerio de los Ejercicios espirituales, característico de vuestra Compañía desde sus mismos orígenes. Los Ejercicios son la fuente de vuestra espiritualidad y la matriz de vuestras Constituciones, pero también son un don que el Espíritu del Señor ha hecho a la Iglesia entera. Por eso, tenéis que seguir haciendo de él un instrumento valioso y eficaz para el crecimiento espiritual de las almas, para su iniciación en la oración y en la meditación en este mundo secularizado del que Dios parece ausente.

Precisamente la semana pasada yo también, junto con mis más estrechos colaboradores de la Curia romana, hice los Ejercicios espirituales, dirigidos por un ilustre hermano vuestro, el cardenal Albert Vanhoye. En un tiempo como el actual, en el que la confusión y multiplicidad de los mensajes, y la rapidez de cambios y situaciones, dificultan de especial manera a nuestros contemporáneos la labor de poner orden en su vida y de responder con determinación y alegría a la llamada que el Señor nos dirige a cada uno, los Ejercicios espirituales constituyen un camino y un método particularmente valioso para buscar y encontrar a Dios en nosotros, en nuestro entorno y en todas las cosas, con el fin de conocer su voluntad y de ponerla en práctica.

Con este espíritu de obediencia a la voluntad de Dios, a Jesucristo, que se convierte también en obediencia humilde a la Iglesia, os invito a proseguir y a llevar a buen fin los trabajos de vuestra Congregación, y me uno a vosotros en la oración que san Ignacio nos enseñó al final de los Ejercicios, una oración que siempre me parece demasiado elevada, hasta el punto de que casi no me atrevo a rezarla, y que, sin embargo, siempre deberíamos repetir:  «Tomad, Señor, y recibid toda mi libertad, mi memoria, mi entendimiento y toda mi voluntad, todo mi haber y mi poseer; Vos me lo disteis, a Vos, Señor, lo torno; todo es vuestro, disponed de todo a vuestra voluntad; dadme vuestro amor y gracia, que esto me basta» (Ejercicios espirituales, 234).


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ADDRESS OF HIS HOLINESS BENEDICT XVI
TO THE FATHERS OF THE GENERAL CONGREGATION
OF THE SOCIETY OF JESUS

Clementine Hall
Thursday, 21 February 2008

Dear Fathers of the General Congregation of the Society of Jesus,

I am pleased to welcome you today as your demanding work is reaching its conclusion. I thank the new Superior General, Fr Adolfo Nicolás, for expressing your sentiments and your commitment to respond to the expectations that the Church has of you. I spoke to you of this in the Message I addressed to Rev. Fr Kolvenbach and – through him – to the entire Congregation at the beginning of its work. I once again thank Fr Peter-Hans Kolvenbach for the valuable service he has rendered to your Order in governing it for almost a quarter of a century. I also greet the members of the new General Council and the Assistants who will help the Superior General in his most delicate task as the religious and apostolic guide of your entire Society.

Your Congregation is being held during a period of great social, economic and political change; of conspicuous ethical, cultural and environmental problems, of conflicts of all kinds; yet also of more intense communication between peoples, of new possibilities for knowledge and dialogue, of profound aspirations for peace. These are situations that deeply challenge the Catholic Church and her capacity for proclaiming to our contemporaries the word of hope and salvation. I therefore ardently hope that thanks to the results of your Congregation the entire Society of Jesus will be able to live out with renewed dynamism and fervour the mission for which the Spirit willed it in the Church and has preserved it for more than four and a half centuries with extraordinary apostolic fruitfulness. Today, in the ecclesial and social context that marks the beginning of this millennium, I would like to encourage you and your confreres to continue on the path of this mission in full fidelity to your original charism. As my Predecessors have said to you on various occasions, the Church needs you, relies on you and continues to turn to you with trust, particularly to reach those physical and spiritual places which others do not reach or have difficulty in reaching. Paul VI’s words remain engraved on your hearts: “Wherever in the Church, even in the most difficult and extreme fields, at the crossroads of ideologies, in the social trenches, there has been and there is confrontation between the burning exigencies of man and the perennial message of the Gospel, here also there have been, and there are, Jesuits” (Address to the 32nd General Congregation of the Jesuits, 3 December 1974; ORE, 12 December, n. 2, p. 4.).

As the Formula of your Institute says, the Society of Jesus was founded in the first place “for the defence and propagation of the faith”. In an age when new geographical horizons were unfolding, Ignatius’ first companions placed themselves at the Pope’s disposal so that “he might use them wherever he deemed it would be for the greater glory of God and the benefit of souls” (Autobiography, n. 85). Thus, they were sent to proclaim the Lord to peoples and cultures that did not yet know him. They did so with a courage and zeal that have lived on to our day as an exemplary inspiration. The name of Francis Xavier is the most famous of all, but how many others one could give! The new peoples, who do not know the Lord or who do not know him well so that they cannot recognize him as the Saviour, are distant today not so much from the geographical as rather from the cultural viewpoint. It is not oceans or immense distances that challenge the heralds of the Gospel but the boundaries resulting from an erroneous or superficial vision of God and man that stand between faith and human knowledge, faith and modern science, faith and the commitment to justice.

The Church thus urgently needs people with a deep and sound faith, a well-grounded culture and genuine human and social sensitivity, of Religious and priests who dedicate their lives to being on these very frontiers to bear witness and to help people understand that on the contrary there is profound harmony between faith and reason, between the Gospel spirit, the thirst for justice and initiatives for peace. Only in this way will it be possible to make the Lord’s true Face known to the many for whom he is still concealed or unrecognizable. The Society of Jesus should therefore give preferential attention to this. Faithful to its best tradition, it must persevere in taking great pains to form its members in knowledge and virtue and not to be content with mediocrity, since confrontation and dialogue with the very different social and cultural contexts and the diverse mentalities of today’s world is one of the most difficult and demanding tasks. This quest for quality and for human, spiritual and cultural validity must also characterize the whole of the Jesuits’ many-facetted formative and educative activities as they come into contact with people of every sort wherever they may happen to be.

In its history, the Society of Jesus has lived extraordinary experiences of proclamation and encounter between the Gospel and world cultures – it suffices to think of Matteo Ricci in China, Roberto De Nobili in India or of the “Reductions” in Latin America. And you are rightly proud of them. I feel it is my duty today to urge you to set out once again in the tracks of your predecessors with the same courage and intelligence, but also with an equally profound motivation of faith and enthusiasm to serve the Lord and his Church. However, while you seek to recognize the signs of God’s presence and work in every corner of the world, even beyond the bounds of the visible Church, while you strive to build bridges of understanding and dialogue with those who do not belong to the Church or have difficulty in accepting her outlook or messages, at the same time you must loyally take on the Church’s fundamental duty to remain faithful to her mandate and to adhere totally to the Word of God and to the Magisterium’s task of preserving the integral truth and unity of Catholic doctrine. This not only applies to the personal commitment of individual Jesuits: since you are working as members of an apostolic body, you must also take care that your work and institutions always maintain a clear and explicit identity, so that the goal of your apostolic activity is neither ambiguous nor obscure and that many others may share in your ideals and join you effectively and enthusiastically, collaborating in your commitment to serve God and man.

As you are well aware, since in the Spiritual Exercises you have often undertaken meditation on “the two flags” under St Ignatius’ guidance, our world is the theatre of a battle between good and evil where powerful negative forces are at work. These are what cause the dramatic situations of spiritual and material enslavement of our contemporaries which you have several times declared you wished to combat, committing yourselves to the service of faith and the promotion of justice. These forces are manifest today in many ways but are especially evident in such overriding cultural trends as subjectivism, relativism, hedonism and practical materialism. This is the reason why I asked you for a renewed commitment to promoting and defending Catholic doctrine, “especially… its key points, under severe attack today by the secular culture” (Letter to Fr Kolvenbach, 10 January 2008), of which I gave some examples in my Letter. The themes, continuously discussed and called into question today, of the salvation of all humanity in Christ, of sexual morality, of marriage and the family, must be explored and illumined in the context of contemporary reality but preserving that harmony with the Magisterium which avoids causing confusion and dismay among the People of God.

I know and understand well that this is a particularly sensitive and demanding point for you and for some of your confreres, especially those involved in theological research, interreligious dialogue and dialogue with contemporary cultures. For this very reason I have invited you and also invite you today to reflect in order to rediscover the fullest meaning of your characteristic “fourth vow” of obedience to the Successor of Peter, which does not only involve the readiness to be sent on mission to distant lands but also – in the most genuine Ignatian spirit of “feeling with the Church and in the Church” – “to love and serve” the Vicar of Christ on earth with that “effective and affective devotion” which must make you his invaluable and irreplaceable collaborators in his service for the universal Church.

At the same time, I encourage you to continue and to renew your mission among the poor and with the poor. Unfortunately, new causes of poverty and marginalization are not absent in a world marked by grave financial and environmental imbalances, from globalization processes prompted by selfishness rather than solidarity and by devastating and senseless armed conflicts. As I was able to reaffirm to the Latin American Bishops gathered at the Shrine of Aparecida, “the preferential option for the poor is implicit in the Christological faith in the God who became poor for us, so as to enrich us with his poverty (cf. II Cor 8: 9)”. It is therefore natural that those who truly want to be a companion of Jesus really share in his love for the poor. For us, the option for the poor is not ideological but is born from the Gospel. Situations of injustice and poverty in today’s world are numerous and tragic, and if it is necessary to seek to understand them and fight their structural causes, it is also necessary to penetrate to the very heart of man, to extirpate the deep roots of evil and sin that cut him off from God, without forgetting to meet people’s most urgent needs in the spirit of Christ’s charity. Gathering and developing one of Fr Arrupe’s last far-sighted intuitions, your Society continues to do praiseworthy work in the service for refugees, who are often the poorest of the poor and in need not only of material aid but also of the deeper spiritual, human and psychological closeness that is very much a part of your service.

Lastly, I ask you to focus special attention on that ministry of Spiritual Exercises which has been a characteristic feature of your Society from the outset. The Exercises are not only the source of your spirituality and the matrix of your Constitutions but also a gift which the Spirit of the Lord has made to the entire Church. It is your task to continue to make them a valuable and effective means for the spiritual growth of souls, for their initiation to prayer, to meditation in this secularized world where God seems to be absent. Only last week I myself benefited from the Spiritual Exercises, together with my closest collaborators of the Roman Curia, under the guidance of a distinguished confrere of yours, Cardinal Albert Vanhoye. In a time like ours when the confusion and multiplicity of messages and the speed of changes and situations makes it particularly difficult for our contemporaries to put order into their lives and respond with determination and joy to the call the Lord addresses to each one of us, the Spiritual Exercises are a particularly precious means and method with which to seek God, within us, around us and in all things, to know his will and to put it into practice.

In this spirit of obedience to God’s will, to Jesus Christ, which also becomes humble obedience to the Church, I ask you to continue carrying out your Congregation’s work and I join you in the prayer St Ignatius taught us at the end of the Exercises – a prayer which to me always seems too sublime in the sense that I hardly dare to say it, yet we must always be able to return to it: “Lord Jesus Christ, take all my freedom. My memory, my understanding and my will. All that I have and cherish you have given me. I surrender it all to be guided by your will. Your grace and your love are wealth enough for me. Give me these, Lord Jesus, and I ask for nothing more” (n. 234).


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ANSPRACHE VON BENEDIKT XVI.
AN DIE TEILNEHMER DER 35. GENERALKONGREGATION
DER GESELLSCHAFT JESU

Donnerstag, 21. Februar 2008

Liebe Patres der Generalkongregation
der Gesellschaft Jesu!

Ich freue mich, euch heute zu empfangen, während eure anstrengende Arbeit in die Endphase geht. Ich danke dem neuen Generaloberen, Pater Adolfo Nicolás, daß er mir eure Gesinnung und euer Bemühen, den von der Kirche in euch gesetzten Erwartungen zu entsprechen, zum Ausdruck gebracht hat. Davon habe ich in der Botschaft gesprochen, die ich zu Beginn eurer Arbeiten an den hochwürdigen Pater Kolvenbach und – durch ihn – an eure ganze Kongregation gerichtet habe. Ich danke noch einmal Pater Peter- Hans Kolvenbach für den wertvollen Leitungsdienst, den er fast ein Vierteljahrhundert lang eurem Orden geleistet hat. Ich begrüße auch die Mitglieder des neuen Generalrates und die Assistenten, die dem Generaloberen in seiner sehr heiklen Aufgabe der religiösen und apostolischen Führung eurer ganzen Gesellschaft helfen sollen.

Eure Kongregation findet in einer Periode großer sozialer, ökonomischer und politischer Veränderungen statt; markante ethische, kulturelle und Umweltprobleme, Konflikte jeder Art; aber auch intensivere Kommunikation zwischen den Völkern, neue Möglichkeiten für gegenseitiges Kennenlernen und Dialog, tiefgehende Friedensbestrebungen. Das sind Situationen, die die katholische Kirche und ihre Fähigkeit, unseren Zeitgenossen das Wort der Hoffnung und des Heils zu verkünden, bis zum äußersten auf den Plan rufen. Ich wünsche mir daher lebhaft, daß die ganze Gesellschaft Jesu dank der Ergebnisse eurer Kongregation mit erneuertem Schwung und Eifer die Sendung leben kann, für die sie der Heilige Geist in der Kirche erweckt und seit über viereinhalb Jahrhunderten mit einem außerordentlichen Reichtum an apostolischen Früchten erhalten hat. Ich möchte euch und eure Mitbrüder heute dazu ermutigen, auf dem Weg dieser Sendung weiter voranzugehen, in voller Treue zu eurem ursprünglichen Charisma, in dem kirchlichen und gesellschaftlichen Umfeld, das den Beginn dieses Jahrtausends kennzeichnet. Wie euch meine Vorgänger mehrmals gesagt haben: Die Kirche braucht euch, sie zählt auf euch und wendet sich weiterhin voll Vertrauen an euch, besonders um jene physischen und geistigen Orte zu erreichen, wo andere nicht oder nur schwer hingelangen. Eurem Herzen eingeprägt haben sich die Worte Pauls VI.: »Überall in der Kirche, an den schwierigsten und vordersten Fronten, bei ideologischen Auseinandersetzungen, dort, wo soziale Konflikte aufbrechen, wo die tiefsten menschlichen Wünsche und die ewige Botschaft des Evangeliums aufeinanderstoßen, da waren immer und sind Jesuiten« (Ansprache an die 32. Generalkongregation, 3. Dezember 1974).

Wie die Formel eures Instituts besagt, wurde die Gesellschaft Jesu vor allem »zur Verteidigung und Verbreitung des Glaubens« gegründet. Zu einer Zeit, als sich neue geographische Horizonte eröffneten, haben sich die ersten Gefährten des Ignatius eigens dem Papst zur Verfügung gestellt, damit »er sie einsetze, wo er urteile, es sei mehr zur Ehre Gottes und zum Nutzen der Seelen« (Ignatius v. Loyola, Der Bericht des Pilgers, 85). So wurden sie ausgesandt, den Herrn Völkern und Kulturen zu verkünden, die ihn noch nicht kannten. Das taten sie mit einem Mut und einem Eifer, die bis in unsere Tage Vorbild und Inspiration geblieben sind: Der Name des hl. Franz Xaver ist der berühmteste von allen, aber wie viele andere könnten genannt werden! Heute sind die neuen Völker, die vom Herrn nichts oder kaum etwas wissen und ihn deshalb nicht als den Retter erkennen können, nicht geographisch, sondern vielmehr in kultureller Hinsicht weit weg. Nicht Meere oder große Entfernungen sind die herausfordernden Hindernisse für die Verkünder des Evangeliums, sondern die Fronten, die sich infolge eines falschen oder oberflächlichen Gottes- und Menschenbildes zwischen dem Glauben und dem menschlichen Wissen, dem Glauben und der modernen Wissenschaft, dem Glauben und dem Einsatz für die Gerechtigkeit aufrichten.

Deshalb braucht die Kirche dringend Menschen, die einen festen und tiefen Glauben haben, eine gediegene Kultur und einen Sinn für das echt Menschliche und Soziale; Ordensleute und Priester, die ihr Leben hingeben, um an vorderster Front zu bezeugen und zu verstehen helfen, daß zwischen Glaube und Vernunft, zwischen evangeliumsgemäßem Geist, dem Durst nach Gerechtigkeit und dem Einsatz für den Frieden tiefer Einklang herrscht. Nur so wird es möglich sein, das wahre Antlitz des Herrn den vielen zu zeigen, für die es heute noch verborgen oder unerkennbar ist. Dieser Aufgabe muß sich daher die Gesellschaft Jesu vorrangig widmen. Getreu ihrer besten Tradition muß sie ihre Mitglieder weiterhin mit großer Sorgfalt in Wissen und Tugend ausbilden und darf sich nicht mit Mittelmäßigkeit zufrieden geben, da die Aufgabe der Auseinandersetzung und des Dialogs mit den sehr verschiedenen sozialen und kulturellen Umfeldern und den unterschiedlichen Denkweisen der heutigen Welt zu den schwierigsten und mühsamsten Aufgaben gehört. Und diese Suche nach Qualität und nach menschlicher, geistlicher und kultureller Zuverlässigkeit muß auch die vielfältige Ausbildungs- und Erziehungstätigkeit der Jesuiten für die verschiedensten Personengruppen überall und immer kennzeichnen.

Die Gesellschaft Jesu hat im Laufe ihrer Geschichte außerordentliche Erfahrungen der Verkündigung und der Begegnung zwischen dem Evangelium und den Kulturen der Welt erlebt – man denke nur an Matteo Ricci in China, Roberto De Nobili in Indien oder an die »Reduktionen« in Lateinamerika. Darauf seid ihr mit Recht stolz. Ich empfinde es heute als meine Pflicht, euch zu ermutigen, von neuem in die Fußstapfen eurer Vorgänger zu treten – mit ebensoviel Mut und Intelligenz, aber auch mit derselben tiefen Glaubensmotivation und Leidenschaft, dem Herrn und seiner Kirche zu dienen. Während ihr überall in der Welt, auch jenseits der Grenzen der sichtbaren Kirche, die Zeichen der Gegenwart und des Wirkens Gottes zu erkennen sucht, während ihr euch bemüht, Brücken des Verständnisses und des Dialogs zu jenen zu schlagen, die nicht der Kirche angehören oder sich schwer tun, ihre Haltungen und Botschaften anzunehmen, müßt ihr jedoch gleichzeitig aufrichtig auf die fundamentale Verpflichtung der Kirche bedacht sein, sich treu an ihren Auftrag zu halten, vollständig dem Wort Gottes anzuhängen, sowie auf die Aufgabe des Lehramtes, die Wahrheit und die Einheit der katholischen Lehre in ihrer Vollständigkeit zu bewahren. Das gilt nicht nur für den persönlichen Einsatz der einzelnen Jesuiten: Da ihr als Glieder eines apostolischen Leibes arbeitet, müßt ihr auch darauf achten, daß eure Werke und Einrichtungen eine klare und deutliche Identität wahren, damit das Ziel eurer apostolischen Tätigkeit nicht zwielichtig oder unklar bleibt und damit viele andere Menschen eure Ideale teilen können und sich wirkungsvoll und mit Enthusiasmus euch anschließen, indem sie an eurem Einsatz im Dienst an Gott und dem Menschen mitarbeiten.

Wie ihr wohl wißt – nachdem ihr unter der Anleitung des hl. Ignatius in den Geistlichen Übungen oftmals die Meditation über »die zwei Banner« gemacht habt –, ist unsere Welt Schauplatz eines Kampfes zwischen dem Guten und dem Bösen; da sind mächtige negative Kräfte am Werk, die jene dramatischen Situationen geistiger und materieller Versklavung unserer Zeitgenossen verursachen, gegen die ihr, wie ihr wiederholt erklärt habt, ankämpfen wollt, indem ihr euch zum Dienst am Glauben und zur Förderung der Gerechtigkeit verpflichtet. Solche negativen Kräfte treten heute in vielfältiger Weise in Erscheinung, aber besonders offenkundig durch kulturelle Strömungen, die häufig vorherrschend werden, wie der Subjektivismus, der Relativismus, der Hedonismus, der praktische Materialismus. Deshalb habe ich euch um euer erneutes Engagement bei der Förderung und Verteidigung der katholischen Lehre gebeten, »besonders in einigen neuralgischen Punkten, die heute von der säkularen Kultur sehr stark angegriffen werden«; einige davon habe ich als Beispiele in meinem Schreiben angeführt. Themen, die heute ständig diskutiert und in Frage gestellt werden, wie die Rettung aller Menschen in Christus, die Sexualmoral, Ehe und Familie, müssen im Zusammenhang mit der heutigen Wirklichkeit vertieft und erklärt werden, wobei aber jene Übereinstimmung mit dem Lehramt zu wahren ist, durch die vermieden wird, daß sich im Gottesvolk Verwirrung und Befremden einstellt.

Ich weiß und verstehe gut, daß dies für euch und für einige eurer Mitbrüder, vor allem jene, die in der theologischen Forschung, im interreligiösen Dialog und im Dialog mit den modernen Kulturen engagiert sind, ein besonders sensibler und anspruchsvoller Punkt ist. Eben deshalb habe ich euch aufgefordert und fordere euch auch heute auf, über den vollen Sinn jenes für euch kennzeichnenden »vierten Gelübdes« des Gehorsams gegenüber dem Nachfolger Petri nachzudenken, das nicht nur die Bereitschaft einschließt, sich in die Mission in fernen Ländern entsenden zu lassen, sondern auch – im wahren ignatianischen Sinn des »Sentire cum Ecclesia« (»Fühlen mit der Kirche und in der Kirche«) – den Stellvertreter Christi auf Erden mit jener »realen und gefühlsbezogenen « Ergebenheit »zu lieben und ihm zu dienen «, die euch zu seinen wertvollen und unersetzlichen Mitarbeitern in seinem Dienst für die Universalkirche macht.

Zugleich ermutige ich euch, eure Sendung unter den Armen und für die Armen fortzusetzen und zu erneuern. In einer Welt, die von schwerwiegenden Mißverhältnissen im Bereich von Wirtschaft und Umwelt, von Globalisierungsprozessen, die mehr vom Egoismus als von Solidarität gelenkt werden, und von zerstörerischen und widersinnigen Konflikten gekennzeichnet ist, fehlt es leider nicht an neuen Ursachen für Armut und Ausgrenzung. Wie ich gegenüber den im Heiligtum von Aparecida versammelten lateinamerikanischen Bischöfen betont habe, »ist die bevorzugte Option für die Armen im christologischen Glauben an jenen Gott implizit enthalten, der für uns arm geworden ist, um uns durch seine Armut reich zu machen (vgl. 2 Kor 8,9)«. Es ist daher natürlich, daß einer, der wirklich Gefährte Jesu sein will, dessen Liebe zu den Armen tatsächlich teilt. Für uns ist die Entscheidung für die Armen keine ideologische, sondern sie rührt aus dem Evangelium her. Zahllose und dramatische Situationen von Ungerechtigkeit und Armut gibt es in der heutigen Welt, und obwohl man sich bemühen muß, ihre strukturellen Ursachen zu verstehen und zu bekämpfen, ist es auch nötig, bis hinein in das Herz des Menschen die tiefen Wurzeln des Bösen, die Sünde, die uns von Gott trennt, zu bekämpfen, ohne zu vergessen, den dringendsten Bedürfnissen im Geist der Liebe Christi nachzukommen. Mit der Annahme und Entfaltung einer der letzten weitblickenden Eingebungen von Pater Arrupe engagiert sich eure Gesellschaft weiter in anerkennenswerter Weise im Dienst für die Flüchtlinge, die oft zu den Ärmsten der Armen gehören und nicht nur materielle Unterstützung nötig haben, sondern auch tieferen geistlichen, menschlichen und psychologischen Beistand, wie er gerade eurem Dienst eigen ist.

Schließlich fordere ich euch noch auf, jenem Dienst der Geistlichen Übungen, der von Anfang an Wesensmerkmal eurer Gesellschaft gewesen ist, besondere Aufmerksamkeit zu widmen. Die Exerzitien sind die Quelle eurer Spiritualität und der Mutterboden eurer Satzungen, aber sie sind auch ein Geschenk, das der Geist des Herrn der ganzen Kirche gemacht hat: Es ist eure Aufgabe, die Exerzitien in dieser säkularisierten Welt, in der Gott abwesend zu sein scheint, weiterhin zu einem wertvollen und wirksamen Werkzeug für das geistliche Wachstum der Seelen, für ihre Einführung in das Gebet und in die Meditation zu machen. Gerade in der vergangenen Woche habe auch ich, zusammen mit meinen engsten Mitarbeitern der Römischen Kurie, unter der Leitung eures verehrten Mitbruders, Kardinal Albert Vanhoye, die Exerzitien gemacht. In unserer heutigen Zeit, wo das verwirrende Durcheinander und die massenhafte Fülle von Nachrichten, die Schnelligkeit der Veränderungen von Situationen es unseren Zeitgenossen besonders schwer macht, ihr Leben zu ordnen und mit Entschlossenheit und Freude auf den Ruf zu antworten, mit dem sich der Herr an jeden von uns wendet, stellen die Geistlichen Übungen einen Weg und eine besonders wertvolle Methode dar, damit wir in uns und in allen Dingen Gott suchen und finden, um seinen Willen kennenzulernen und tätig zu vollziehen.

In diesem Geist des Gehorsams gegenüber dem Willen Gottes, gegenüber Jesus Christus, der auch zum demütigen Gehorsam gegenüber der Kirche wird, fordere ich euch auf, die Arbeiten eurer Kongregation fortzusetzen und zu Ende zu führen, und verbinde mich mit euch in dem Gebet, das uns der hl. Ignatius in den Exerzitien gelehrt hat – ein Gebet, das mir immer zu groß scheint, so daß ich es fast nicht zu sprechen wage, und das wir uns dennoch immer wieder vornehmen sollten: »Nimm, Herr, und empfange meine ganze Freiheit, mein Gedächtnis, meinen Verstand und meinen ganzen Willen, meine ganze Habe und meinen Besitz; du hast es mir gegeben, dir, Herr, gebe ich es zurück; alles ist dein, verfüge nach deinem ganzen Willen; gib mir deine Liebe und Gnade, das ist mir genug« (Geistliche Übungen, 234).


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DISCORSO DI SUA SANTITÀ BENEDETTO XVI
AI PADRI DELLA CONGREGAZIONE GENERALE
DELLA COMPAGNIA DI GESÙ

Sala Clementina
Giovedì, 21 febbraio 2008

Cari Padri della Congregazione Generale
della Compagnia di Gesù,

sono lieto di accogliervi quest’oggi mentre i vostri impegnativi lavori stanno entrando nelle fasi conclusive. Ringrazio il nuovo Preposito Generale, Padre Adolfo Nicolas, per essersi fatto interprete dei vostri sentimenti e del vostro impegno per rispondere alle attese che la Chiesa ripone in voi. Ve ne ho parlato nel messaggio indirizzato al Rev. Padre Kolvenbach e – per suo tramite – a tutta la vostra Congregazione all’inizio dei vostri lavori. Ringrazio ancora una volta il Padre Peter-Hans Kolvenbach per il prezioso servizio di governo da lui reso al vostro Ordine per quasi un quarto di secolo. Saluto anche i membri del nuovo Consiglio Generale e gli Assistenti che aiuteranno il Preposito nel suo delicatissimo compito di guida religiosa e apostolica di tutta la vostra Compagnia.

La vostra Congregazione si svolge in un periodo di grandi cambiamenti sociali, economici, politici; di accentuati problemi etici, culturali ed ambientali, di conflitti di ogni genere; ma anche di comunicazioni più intense fra i popoli, di nuove possibilità di conoscenza e di dialogo, di profonde aspirazioni alla pace. Sono situazioni che interpellano fino in fondo la Chiesa cattolica e la sua capacità di annunciare ai nostri contemporanei la Parola di speranza e di salvezza. Mi auguro perciò vivamente che tutta la Compagnia di Gesù, grazie ai risultati della vostra Congregazione, possa vivere con rinnovato slancio e fervore la missione per cui lo Spirito l’ha suscitata nella Chiesa e da oltre quattro secoli e mezzo l’ha conservata con straordinaria fecondità di frutti apostolici. Voglio oggi incoraggiare voi e i vostri confratelli a continuare sulla strada di questa missione, in piena fedeltà al vostro carisma originario, nel contesto ecclesiale e sociale che caratterizza questo inizio di millennio. Come più volte vi hanno detto i miei Predecessori, la Chiesa ha bisogno di voi, conta su di voi, e continua a rivolgersi a voi con fiducia, in particolare per raggiungere quei luoghi fisici e spirituali dove altri non arrivano o hanno difficoltà ad arrivare. Sono rimaste scolpite nel vostro cuore le parole di Paolo VI: “Ovunque nella Chiesa, anche nei campi più difficili e di punta, nei crocevia delle ideologie, nelle trincee sociali, vi è stato e vi è il confronto tra le esigenze brucianti dell’uomo e il perenne messaggio del Vangelo, là vi sono stati e vi sono i Gesuiti” (3 dicembre 1974, alla 32a Congregazione Generale).

Come dice la Formula del vostro Istituto, la Compagnia di Gesù è istituita anzitutto “per la difesa e la propagazione della fede”. In un tempo in cui si aprivano nuovi orizzonti geografici, i primi compagni di Ignazio si erano messi a disposizione del Papa proprio perché “li impiegasse là dove egli giudicava essere di maggior gloria di Dio e utilità delle anime” (Autobiografia, n. 85). Così essi furono inviati ad annunciare il Signore a popoli e culture che non lo conoscevano ancora. Lo fecero con un coraggio e uno zelo che rimangono di esempio e di ispirazione fino ai nostri giorni: il nome di San Francesco Saverio è il più famoso di tutti, ma quanti altri se ne potrebbero fare! Oggi i nuovi popoli che non conoscono il Signore, o che lo conoscono male, così da non saperlo riconoscere come il Salvatore, sono lontani non tanto dal punto di vista geografico quanto da quello culturale. Non sono i mari o le grandi distanze gli ostacoli che sfidano gli annunciatori del Vangelo, quanto le frontiere che, a seguito di una errata o superficiale visione di Dio e dell’uomo, vengono a frapporsi fra la fede e il sapere umano, la fede e la scienza moderna, la fede e l’impegno per la giustizia.

Perciò la Chiesa ha urgente bisogno di persone di fede solida e profonda, di cultura seria e di genuina sensibilità umana e sociale, di religiosi e sacerdoti che dedichino la loro vita a stare proprio su queste frontiere per testimoniare e aiutare a comprendere che vi è invece un’armonia profonda fra fede e ragione, fra spirito evangelico, sete di giustizia e operosità per la pace. Solo così diventerà possibile far conoscere il vero volto del Signore a tanti a cui oggi rimane nascosto o irriconoscibile. A questo pertanto deve dedicarsi preferenzialmente la Compagnia di Gesù. Fedele alla sua migliore tradizione, essa deve continuare a formare con grande cura i suoi membri nella scienza e nella virtù, senza accontentarsi della mediocrità, perché il compito del confronto e del dialogo con i contesti sociali e culturali molto diversi e le mentalità differenti del mondo di oggi è fra i più difficili e faticosi. E questa ricerca della qualità e della solidità umana, spirituale e culturale, deve caratterizzare anche tutta la molteplice attività formativa ed educativa dei Gesuiti, nei confronti dei più diversi generi di persone ovunque essi si trovino.

Nella sua storia la Compagnia di Gesù ha vissuto esperienze straordinarie di annuncio e di incontro fra il Vangelo e le culture del mondo – basti pensare a Matteo Ricci in Cina, a Roberto De Nobili in India, o alle “Riduzioni” dell’America latina -. Ne siete giustamente fieri. Sento oggi il dovere di esortarvi a mettervi nuovamente sulle tracce dei vostri predecessori con altrettanto coraggio e intelligenza, ma anche con altrettanta profonda motivazione di fede e passione di servire il Signore e la sua Chiesa. Tuttavia, mentre cercate di riconoscere i segni della presenza e dell’opera di Dio in ogni luogo del mondo, anche oltre i confini della Chiesa visibile, mentre vi sforzate di costruire ponti di comprensione e di dialogo con chi non appartiene alla Chiesa o ha difficoltà ad accettarne le posizioni e i messaggi, dovete allo stesso tempo farvi lealmente carico del dovere fondamentale della Chiesa di mantenersi fedele al suo mandato di aderire totalmente alla Parola di Dio, e del compito del Magistero di conservare la verità e l’unità della dottrina cattolica nella sua completezza. Ciò vale non solo per l’impegno personale dei singoli Gesuiti: poiché lavorate come membra di un corpo apostolico, dovete anche essere attenti affinché le vostre opere ed istituzioni conservino sempre una chiara ed esplicita identità, perchè il fine della vostra attività apostolica non rimanga ambiguo od oscuro, e perché tante altre persone possano condividere i vostri ideali e unirsi a voi efficacemente e con entusiasmo, collaborando al vostro impegno di servizio di Dio e dell’uomo.

Come voi ben sapete per aver compiuto molte volte sotto la guida di Sant’Ignazio negli Esercizi Spirituali la meditazione “delle due bandiere”, il nostro mondo è teatro di una battaglia fra il bene e il male, e vi sono all’opera potenti forze negative, che causano quelle drammatiche situazioni di asservimento spirituale e materiale dei nostri contemporanei contro cui avete più volte dichiarato di voler combattere, impegnandovi per il servizio della fede e la promozione della giustizia. Tali forze si manifestano oggi in molti modi, ma con particolare evidenza attraverso tendenze culturali che spesso diventano dominanti, come il soggettivismo, il relativismo, l’edonismo, il materialismo pratico. Per questo ho chiesto il vostro rinnovato impegno a promuovere e difendere la dottrina cattolica “in particolare sui punti nevralgici oggi fortemente attaccati dalla cultura secolare”, alcuni dei quali ho esemplificato nella mia Lettera. I temi, oggi continuamente discussi e messi in questione, della salvezza di tutti gli uomini in Cristo, della morale sessuale, del matrimonio e della famiglia, vanno approfonditi e illuminati nel contesto della realtà contemporanea, ma conservando quella sintonia con il Magistero che evita di provocare confusione e sconcerto nel Popolo di Dio.

So e capisco bene che questo è un punto particolarmente sensibile e impegnativo per voi e per diversi dei vostri confratelli, soprattutto quelli impegnati nella ricerca teologica, nel dialogo interreligioso e nel dialogo con le culture contemporanee. Proprio per questo vi ho invitato e vi invito anche oggi a riflettere per ritrovare il senso più pieno di quel vostro caratteristico “quarto voto” di obbedienza al Successore di Pietro, che non comporta solo la prontezza ad essere inviati in missione in terre lontane, ma anche – nel più genuino spirito ignaziano del “sentire con la Chiesa e nella Chiesa” – ad “amare e servire” il Vicario di Cristo in terra con quella devozione “effettiva ed affettiva” che deve fare di voi dei suoi preziosi e insostituibili collaboratori nel suo servizio per la Chiesa universale.

Allo stesso tempo vi incoraggio a continuare e a rinnovare la vostra missione fra i poveri e con i poveri. Non mancano purtroppo nuove cause di povertà e di emarginazione in un mondo segnato da gravi squilibri economici e ambientali, da processi di globalizzazione guidati dall’egoismo più che dalla solidarietà, da conflitti armati devastanti ed assurdi. Come ho avuto modo di ribadire ai Vescovi latinoamericani riuniti al Santuario di Aparecida, “la opzione preferenziale per i poveri è implicita nella fede cristologica in quel Dio che per noi si è fatto povero, per arricchirci con la sua povertà (2 Cor 8,9)”. E’ quindi naturale che chi vuol essere veramente compagno di Gesù, ne condivida realmente l’amore per i poveri. Per noi la scelta dei poveri non è ideologica, ma nasce dal Vangelo. Innumerevoli e drammatiche sono le situazioni di ingiustizia e di povertà nel mondo di oggi, e se bisogna impegnarsi a comprenderne e a combatterne la cause strutturali, occorre anche saper scendere a combattere fin nel cuore stesso dell’uomo le radici profonde del male, il peccato che lo separa da Dio, senza dimenticare di venire incontro ai bisogni più urgenti nello spirito della carità di Cristo. Raccogliendo e sviluppando una delle ultime lungimiranti intuizioni del Padre Arrupe, la vostra Compagnia continua a impegnarsi in modo meritorio nel servizio per i rifugiati, che spesso sono i più poveri fra i poveri e che hanno bisogno non solo del soccorso materiale, ma anche di quella più profonda vicinanza spirituale, umana e psicologica che è più propria del vostro servizio.

Un’attenzione specifica vi invito infine a riservare a quel ministero degli Esercizi Spirituali che fin dalle origini è stato caratteristico della vostra Compagnia. Gli Esercizi sono la fonte della vostra spiritualità e la matrice delle vostre Costituzioni, ma sono anche un dono che lo Spirito del Signore ha fatto alla Chiesa intera: sta a voi continuare a farne uno strumento prezioso ed efficace per la crescita spirituale delle anime, per la loro iniziazione alla preghiera, alla meditazione, in questo mondo secolarizzato in cui Dio sembra essere assente. Proprio nella settimana scorsa ho profittato anch’io degli Esercizi Spirituali, insieme con i miei più stretti collaboratori della Curia Romana, sotto la guida di un vostro esimio confratello, il Card. Albert Vanhoye. In un tempo come quello odierno, in cui la confusione e la molteplicità dei messaggi, la rapidità dei cambiamenti e delle situazioni, rende particolarmente difficile ai nostri contemporanei mettere ordine nella propria vita e rispondere con decisione e con gioia alla chiamata che il Signore rivolge a ognuno di noi, gli Esercizi Spirituali rappresentano una via e un metodo particolarmente prezioso per cercare e trovare Dio, in noi, attorno a noi e in ogni cosa, per conoscere la sua volontà e metterla in pratica.

In questo spirito di obbedienza alla volontà di Dio, a Gesù Cristo, che diviene anche umile obbedienza alla Chiesa, vi invito a continuare e a portare a compimento i lavori della vostra Congregazione, e mi unisco a voi nella preghiera insegnataci da Sant’Ignazio al termine degli Esercizi – preghiera che sempre mi appare troppo grande, al punto che quasi non oso dirla e che, tuttavia, dovremmo sempre di nuovo riproporci: “Prendi, Signore, e ricevi tutta la mia libertà, la mia memoria, la mia intelligenza e tutta la mia volontà, tutto ciò che ho e possiedo; tu me l’hai dato, a te, Signore, lo ridono; tutto è tuo, di tutto disponi secondo ogni tua volontà; dammi soltanto il tuo amore e la tua grazia; questo mi basta” (ES 234).


© Copyright – Libreria Editrice Vaticana

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DISCORSO DEL SANTO PADRE FRANCESCO
AI PARTECIPANTI AL SIMPOSIO PROMOSSO DALLA SPECOLA VATICANA

Sala dei Papi
Venerdì, 18 settembre 2015

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Cari fratelli e sorelle,

do il benvenuto a tutti voi che formate la comunità di lavoro della Specola Vaticana, e ringrazio il Cardinale Giuseppe Bertello per aver introdotto il nostro incontro.

Deum Creatorem venite adoremus”. Con queste parole, incise nel marmo sul muro di una delle cupole dei telescopi nella Residenza Papale di Castel Gandolfo, Pio XI iniziava il suo discorso il 29 settembre 1935, quando inaugurò la Nuova Specola.

In effetti, l’universo è qualcosa di più che un problema scientifico da risolvere, è un mistero gaudioso che contempliamo nella letizia e nella lode (cfr Enc. Laudato si’, 12). «Tutto l’universo materiale è un linguaggio dell’amore di Dio, del suo affetto smisurato per noi» (ibid., 84). Sant’Ignazio di Loyola capiva molto bene questo linguaggio. Egli stesso raccontò che la sua consolazione più grande era guardare il cielo e le stelle perché questo gli faceva sentire un grandissimo desiderio di servire il Signore (Autobiografia,11).

Con la rifondazione della Specola a Castel Gandolfo, Pio XI stabilì anche che la sua gestione fosse affidata alla Compagnia di Gesù. In tutti questi anni gli astronomi della Specola hanno percorso cammini di ricerca, cammini creativi, seguendo le orme degli astronomi e matematici gesuiti del Collegio Romano, dal P. Cristoph Clavius al P. Angelo Secchi, passando dal P. Matteo Ricci e tanti altri. In quest’anniversario mi piace anche ricordare il discorso che Benedetto XVI rivolse ai Padri dell’ultima Congregazione Generale della Compagnia di Gesù in cui segnalava che la Chiesa ha urgente bisogno di religiosi che dedichino la loro vita a stare proprio sulle frontiere tra la fede e il sapere umano, la fede e la scienza moderna.

In questi giorni, voi, padri e fratelli, insieme agli studiosi associati, vi siete radunati per trattare delle vostre ricerche e sui temi che riguardano il dialogo tra scienza e religione. A questo proposito san Giovanni Paolo II affermava: «Ciò che è importante è che il dialogo deve continuare e progredire in profondità e in ampiezza» (Lettera al P. George V. Coyne, 1 giugno 1988). E si domandava: «È pronta la comunità delle religioni del mondo, la Chiesa inclusa, ad entrare in un dialogo sempre più approfondito con la comunità scientifica, un dialogo che, salvaguardando l’integrità sia della religione sia della scienza, promuova allo stesso tempo il progresso di entrambe?» (cfr ibid.).

Nel contesto del dialogo interreligioso, oggi più urgente che mai, la ricerca scientifica sull’universo può offrire una prospettiva unica, condivisa da credenti e non credenti, che aiuti a raggiungere una migliore comprensione religiosa della creazione. In questo senso le Scuole di Astrofisica, che la Specola ha organizzato negli ultimi trent’anni, sono una preziosa opportunità in cui giovani astronomi di tutto il mondo dialogano e collaborano nella ricerca della verità.

In aggiunta durante il vostro convegno avete anche discusso dell’importanza di comunicare che la Chiesa e i suoi pastori abbracciano, incoraggiano e promuovono l’autentica scienza, come sottolineava Leone XIII (cfr Motu Proprio Ut mysticam). È molto importante che voi condividiate il dono della vostra conoscenza scientifica dell’universo con la gente, dando gratis ciò che gratis avete ricevuto.

In spirito di gratitudine al Signore per la testimonianza di scienza e fede che i membri della Specola hanno reso in questi decenni, vorrei incoraggiarvi a continuare il cammino con i vostri colleghi, e con quanti condividono l’entusiasmo e la fatica dell’esplorazione dell’universo. È un viaggio che fate anche in compagnia degli impiegati della Specola, di benefattori e amici, e di tante persone di buona volontà. Sì, tutti siamo in viaggio verso la casa comune del cielo, dove potremo leggere con gioiosa ammirazione il mistero dell’universo (cfr Enc. Laudato si’, 243).

Dio Onnipotente, che mantiene in esistenza tutto l’universo, per l’intercessione della Vergine Madre, vi colmi della sua pace e vi benedica.


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Regalo del Papa a los peregrinos del jubileo de la misericordia: Arte

ARTE

500 años de historia en la Galería de los Pontífices es una muestra lanzada a pocos meses del Jubileo de la Misericordia

 Por iniciativa del Papa Francisco, este sábado 19 de septiembre sigue a pleno ritmo la apertura al público de laGalería de los Retratos de los Pontífices ubicada en el Palacio Apostólico de Castelgandolfo, Albano, ubicada a cerca de 30 kilómetros del Vaticano.

Osvaldo Gianoli, director de las Villas Pontificias, explicó aAleteia las principales atracciones que ofrece esta especial colección a los visitantes y fieles, que recorrerán organizadamente 500 años de tradición del papado.

Particularmente interesantes son la lista de los nombres de todos los papas desde el inicio de la tradición cristiana, se comienza con san Pedro hasta llegar al Papa Francisco (266 pontífices) con la llamativa inscripción en la lista: electo en 2013 y “felizmente aún reinante”.

“Las personas que visiten Castel Gandolfo podrán ver el Palacio Apostólico pasando por la Galería de los Retratos de los Papas, 52 Papas desde el 1.500 hasta hoy, pasando por el Papa Giulio II hasta el Papa Francisco”, explicó Gianoli.

Los amantes del arte y de la narración viajarán con la mente acompañados por la explicación audio de la historia de los sucesores de Pedro, entre ellos varios santos, benefactores de estudiosos y artistas, doctores de doctrina y de teología, y más recientemente pastores con “olor a oveja”.

Un “don generoso” hecho por el Papa Francisco en concomitancia con la preparación del Jubileo de la Misericordia durante el cual peregrinos de todo el mundo visitarán el epicentro de la catolicidad, comentó a Aleteia el director de los Museos Vaticanos, Antonio Paolucci.

Un tren de época con tracción a vapor “verde” llevará a los turistas y fieles desde la Estación de San Pedro hasta el Palacio Apostólico. El tour ofrecido por la organización de los Museo Vaticanos forma parte del programa completo de la visita a las Villas Pontificias, más conocidas como “la residencia veraniega de los pontífices”.  

Curiosidades de la Colección del Palacio Apostólico de Castelgandolfo

Entre otras curiosidades de la muestra, hay “un BMW que perteneció a san Juan Pablo II que ha utilizado aquí, exclusivamente en Castelgandolfo: era su medio de transporte que usaba para moverse dentro de la Villa o para pequeños paseos en los alrededores”, declaró Gianoli.

La colección también ofrece espacio a algunos objetos del ceremonial papal. Se trata de curiosidades como la silla gestatoria, provista de travesaños para llevar en hombros al Papa; un faldisotorio, un elegante asiento que utilizaban los obispos delante del altar; y una serie de uniformes históricos de la Corte laica pontificia y de los desaparecidos Cuerpos armados pontificios.

Los vestidos de ceremonia del Papa Pablo V Borghese también están en la exposición, comparable a una máquina del tiempo, que ahora nos hace notar cómo la Iglesia, con el paso del tiempo, adopta cada vez más un estilo sencillo y lejano a los ornamentos de corte imperial”.

La muestra cierra el círculo virtuoso de la conservación de las piezas artísticas y de los objetos de uso cotidiano de los papas. Los Museos Vaticanos tienen algunas telas que retratan a los papas. Sin embargo, en el Museo de Castel Gandolfo se encuentran concentrados todos los cuadros que cuentan las gestas y las virtudes de los “Obispos de Roma”.

40 euros es el costo del boleto de entrada, para acceder también a los Museos Vaticanos, que para estar en el tema, tienen un reparto de colecciones históricas donde se encuentran las carrozas pontificias, la armería del Papa Urbano VIII, y los aparatos del Ceremonial papal, y que ahora, se complementa con la recién inaugurada Galería de los Retratos de los Pontífices.

Los Jardines de la Villa Barberini y las Villas Pontificias

Además, los fieles “tendrán la posibilidad de visitar los Jardines de la Villa Barberini y las Villas Pontificias, con el jardín a la italiana, y la parte arqueológica de la Villa de Domiciano que ha reinado entre 91 y 96 D.C. Además podrán ver la granja a través de un tren que pasará por toda el área, que tiene 55 hectáreas”, indicó el director de las Villas Pontificias.

Los turistas más golosos podrán degustar el vino, el jamón y los quesos producidos en la granja del Papa, entre otros manjares. 400 huevos llegan frescos todos los días al Vaticano desde este oasis verde y ecológico. Entre arte, una vista maravillosa al lago y el respiro oxigenado de las Villas, el peregrino tendrá una oportunidad única para conocer mejor la tradición pontificia. 

Para comprar el tiquet del tren de las Villas Pontificias y el ingreso a los espacios del museo del Palacio Apostólico y para consultar el paquete completo de nuevas ofertas de visitas, itinerarios y soluciones para la movilidad, se puede consultar el sitio de los Museos Vaticanos: www.museivaticani.va